fahrenheit 451 (un poema de pedro alcarria viera)
Fotografía: Pedro Alcarria Viera
Empezaron los libreros, frenéticos,
bruscamente a amontonar a los
autores, en piras colosales.
Nos preguntaban por sus nombres
y escondrijos.
Nos preguntaban a nosotras criaturas
aladas, doradas en el lomo,
de conducta intachable.
Pero qué teníamos que ver nosotras
con esa recua desdichada y diletante.
Señalamos desdeñosas nuestras causas
para descubrir cuan risible es un
simbolista ardiendo,
y qué estruendoso crepitar
de muebles viejos.
O con sorpresa,
que Faulkner no arde
mejor que Nabokov,
a pesar de todo el whisky.
En los primeros días
no resultaba nada fácil
zafarse de la turba
y la delación.
Farfullaban los anónimos
un odio huraño sin destino,
un odio efervescente,
reclamando otro redoble
al flemático tambor;
sonaba el tambor
y caía otro más,
elevando una voluta
bestial por encima
de las llamas.
Luego, pasado un tiempo
nos descubrimos condenadas
a perpetuar un circulo perfecto,
una arquitectura acomodada,
sin sorpresas.
Iniciamos unas pocas,
una danza clandestina,
ensayando obscenidades,
desmayadas veleidades,
erecciones,
tímidos escándalos.
O bien,
ya que algunos fueran
de anodino discurrir,
impostando a ratos
el murmullo monocorde
de un tedioso empleo
en la banca.
Esa fue una época
maravillosa.
Luego, una noche,
subía a mi cuarto después
de una asamblea y los oí.
Cuando irrumpieron
rompiendo las ventanas,
ya bajaba descalzándome.
Ahora vivo en los suburbios,
en la violencia y la sangre,
con muerte y abandono,
sospecha y silencio,
y todavía un poco
de felicidad.
Pedro Alcarria Viera (De En compañía extraña)


Comentarios
Publicar un comentario